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Octaveta repartida al metro de Barcelona. Octubre 2016.

El lunes pasado fui al geriátrico a ver a Margarita, mi tia abuela. Voy a visitarla dos o tres veces al mes y charlamos un rato. A ella le gusta mucho que vaya a verla.- Eres el único que viene a verme – dice cabizbaja. Me cuenta historias de su vida. Me cuenta que fue joven, y que le hubiera gustado ver mundo. Me dice que de niña le gustaba soñar despierta. Soñaba con llegar a la luna, con cruzar el mar sobre una enorme tortuga, con poder volar como un pájaro, soñaba que su padre no le pegaba cuando llegaba a casa. Pero el deber era el deber, y en época de escasez tuvo que empezar a trabajar con solo 13 años limpiando casas. Luego, con 18 años entró como trabajadora en un enorme taller de costura, y allí estuvo más de cuarenta años hasta que por fin se jubiló.

Margarita me dice: – Ahora me pregunto… ¿Que he hecho durante toda mi vida? Trabajar… ¿Pero, para quién? Me hubiera gustado hacer muchas cosas y ahora, mientras me pudro aquí sola, me retuerzo de rabia por no haber hecho lo que deseaba, por haber hecho lo mismo que hacen todos, como si tu tiempo no te perteneciera.- Con la mirada perdida en el infinito me coge de la mano y me dice: – ¿Cuanta vida te cuesta tu salario hijo?

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